Wilmer David Castro Arenas, colombiano de 32 años, firmó en octubre de 2025 un contrato con el ejército ruso y desde entonces su familia no ha vuelto a tener noticias. Su padre, Henry Castro, vive en incertidumbre ante la posibilidad de que haya muerto en la guerra.
En una vivienda de Santander, desde octubre de 2025, Henry Castro vive pendiente del teléfono y de cualquier mensaje que rompa el silencio sobre el paradero de su hijo Wilmer David Castro Arenas, un colombiano que viajó a Europa y firmó un contrato con el ejército ruso para participar en la guerra contra Ucrania. Cuatro meses después, sin confirmaciones oficiales y con versiones contradictorias, la familia enfrenta la incertidumbre de no saber si sigue con vida en un conflicto que, según organismos internacionales, ya ha dejado más de 1,2 millones de muertos.
El tiempo se detuvo para la familia Castro el día en que Wilmer David Castro Arenas dejó de responder. El último contacto directo ocurrió días antes de firmar su contrato militar, cuando se encontraba en tránsito por Polonia. Desde entonces, el silencio se volvió absoluto y dio paso a rumores que nadie ha podido confirmar.
Henry Castro, su padre, repasa una y otra vez las decisiones que llevaron a su hijo a aceptar una oferta que prometía estabilidad económica y un futuro distinto. La angustia no da tregua y las noches se convierten en largas vigilias en las que intenta entender por qué Wilmer eligió una guerra lejana, ajena y brutal.
La incertidumbre también consume a Blanca Nubia Castellanos, su madrastra, quien lo crió desde la infancia. Ella ha escuchado versiones que aseguran que Wilmer murió en combate, pero ninguna proviene de una fuente oficial. La falta de información los mantiene atrapados entre la esperanza y el duelo anticipado.
Con el paso de las semanas, la familia ha recibido relatos opuestos: que fue alcanzado por un dron, que quedó herido y abandonado, que continúa con vida, pero incomunicado. Una imagen enviada recientemente, donde aparece un hombre acostado de espaldas, fue descartada por Henry al notar la ausencia de un lunar característico de su hijo.
Ante la falta de respuestas, acudieron a la Cancillería de Colombia. El trámite quedó registrado, pero la respuesta fue un plazo de hasta tres meses para atender el caso. Para la familia, cada día sin noticias es una carga que se vuelve más pesada.
Antes de la guerra, Wilmer David Castro Arenas llevaba una vida sencilla. Nació el 7 de junio de 1993, era el segundo de cuatro hermanos, padre de una niña y trabajaba como celador en el aeropuerto Palonegro, en Bucaramanga. Para los suyos, siempre fue responsable, trabajador y protector.
Henry recuerda con especial cariño las caminatas que compartían por los cerros cercanos a la ciudad, conocidas como “la casa de la montaña”. Eran recorridos de horas que fortalecieron un vínculo padre-hijo marcado por el afecto y la confianza.
La relación familiar empezó a fracturarse cuando Wilmer inició una convivencia con su pareja. Según su padre, se distanció de sus hermanos y comenzó una etapa de conflictos que antes no existían. La familia sostiene que personas del entorno de su pareja habrían influido en su decisión de viajar, ofreciéndole dinero y un supuesto futuro seguro.
La promesa era concreta: 91 millones de pesos colombianos por un año de servicio, además de vivienda, atención médica y la posibilidad de obtener la ciudadanía rusa. Para alguien con un salario modesto, la oferta resultó tentadora. Lo que no le explicaron, según su familia, fue que terminaría en el frente de combate.
Los documentos que firmó incluían cláusulas que lo obligaban a participar en operaciones militares durante estados de emergencia y movilización. Para entonces, Rusia atravesaba una de sus peores crisis de reclutamiento, lo que aumentó el uso de extranjeros en las líneas más peligrosas del conflicto.
El caso de Wilmer David Castro Arenas se suma a cientos de historias similares en el mundo. Informes internacionales señalan que miles de extranjeros han sido reclutados mediante engaños y sobornos. Muchos murieron, otros están desaparecidos y algunos permanecen como prisioneros de guerra.
Mientras países como Nepal, India y Kenia han tomado medidas y exigido respuestas, la familia de Wilmer sigue esperando. Han pasado más de cien días sin escuchar su voz, sin una llamada, sin una confirmación.
Henry mira fotografías antiguas: viajes familiares, caminatas, sonrisas que hoy parecen lejanas. No sabe si su hijo es una víctima más de las cifras de la guerra o si aún resiste en algún punto del frente. Lo único claro es que la espera se ha convertido en una batalla silenciosa que nadie les ayuda a librar.
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