La muerte de Camilo Andrés Rojas Rey dejó una familia en duelo y un proceso rodeado de incertidumbre. Su padre clama por claridad sobre los hechos y rechaza que la violencia en el fútbol siga cobrando vidas.
La muerte de Camilo Andrés Rojas Rey, joven de 24 años asesinado con arma blanca en Cúcuta tras el clásico del Oriente el martes 27 de enero, dejó algo más que una familia en duelo: abrió un vacío de información, respuestas y certezas que hoy acompaña a sus seres queridos en Bucaramanga, donde este viernes será despedido mientras su padre reclama que el caso no quede reducido a un titular más.
La escena no es una calle ni un estadio. Es una sala cerrada, silenciosa, donde nadie habla de fútbol. En la Funeraria San Pedro, en Bucaramanga, el nombre de Camilo se pronuncia en voz baja, como si decirlo fuerte fuera aceptar que ya no está. Su padre, Saúl Rojas, no pregunta por venganza ni por castigos ejemplares: pregunta por algo más básico, más urgente. Pregunta qué pasó.
Hasta ahora, dice, nadie se lo ha explicado.
“No nos han dado una versión oficial. Uno termina enterándose por lo que publican los medios”, resume, mientras recibe a quienes llegan a despedir a su hijo. La Fiscalía lo entrevistó, pero no le habló de hipótesis, ni de responsables, ni de avances.
Camilo no era una figura pública ni un líder de barra. Era estudiante, estaba cerca de graduarse como médico veterinario en la Universidad Cooperativa de Colombia y vivía en Floridablanca. Su vida cotidiana transcurría entre la universidad, la casa y el estadio cuando había partido. Para su familia, el fútbol nunca fue un riesgo.
El martes del clásico salió temprano hacia Cúcuta con amigos. No llevaba camiseta amarilla, no buscaba confrontaciones y, según quienes lo conocían, no participó en disturbios. Después del partido, el grupo se dispersó. Camilo quedó solo.
Eso es lo último claro.
Lo que vino después aún está rodeado de versiones fragmentadas: que fue abordado por varios barristas locales, que lo obligaron a identificarse, que intentó huir, que cayó herido a pocas cuadras del estadio General Santander. El resto, para su padre, sigue siendo una narración incompleta.
“Uno espera que al menos le digan cómo fue, qué pasó exactamente, quiénes fueron”, insiste.
La muerte de Camilo no solo impactó a su familia. En Tona, municipio del que era oriundo, la Alcaldía emitió un pronunciamiento de rechazo a la violencia asociada al fútbol. En Bucaramanga, compañeros de barra y amigos universitarios coinciden en una misma frase: él no buscaba problemas.
Saúl Rojas no habla como activista ni como vocero. Habla como padre. Y su mensaje no apunta a barras ni a camisetas, sino a algo más amplio: que la violencia no siga normalizándose bajo la excusa de un resultado deportivo.
“El fútbol es para disfrutar. Esto no puede volver a pasar”, dice, sin levantar la voz.
Este viernes 30 de enero, Camilo Andrés Rojas Rey será sepultado en el Parque Memorial Tierrasanta. Su historia, sin embargo, aún no tiene cierre judicial. Y mientras no lo tenga, su nombre seguirá siendo una pregunta abierta.
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