En el norte de Bucaramanga, donde muchos niños crecían sin oportunidades, Dioselina Bernal decidió convertirse en su mamá. Con amor y sin recursos, levantó una escuela de fútbol que hoy, más de 10 años después, sigue cambiando vidas.
En el norte de Bucaramanga hay una casa donde el hambre, la tristeza y el abandono han tocado muchas veces la puerta… pero casi siempre se van derrotados. Allí vive Dioselina Bernal, una mujer de 72 años que decidió convertirse en mamá de todos los niños que la vida parecía olvidar. Entre abrazos que curan y lágrimas que no siempre se dejan ver, levantó una fundación para rescatarlos y, con el impulso de sus propios muchachos, terminó creando una escuela de fútbol que —según cuentan— ya lleva más de 10 años dándole sentido, rumbo y esperanza a quienes solo tenían vacío.
Todo comenzó cuando aquellos niños, que ya encontraban en ella un refugio, le hicieron una petición directa: querían ser futbolistas. No había balones, ni uniformes, ni siquiera zapatos. Pero sí había ganas. A Mamá Dioselina esa idea le quedó sonando como una oportunidad para alejarlos de los peligros de la calle y mantenerlos enfocados en algo que les apasionara.
Arrancó con apenas seis niños, en lo que fue una especie de prueba piloto. Sin embargo, el proyecto creció rápidamente. La voz se regó por los barrios y pronto decenas de niños querían hacer parte de la escuela. Así, lo que empezó como un intento se convirtió en una familia que hoy sigue creciendo.

ENTRE GUAYOS PRESTADOS Y SUEÑOS GRANDES
Las dificultades económicas han sido una constante. Muchos de los niños entrenan descalzos o con implementos improvisados. Mamá Dioselina recuerda una escena que resume toda esa lucha: un día, en medio de un partido, tuvo que amarrar con un alambre los zapatos de un niño para que pudiera seguir jugando. No solo terminó el encuentro, también ganaron el campeonato.
Las imágenes se repiten en cada jornada: cordones reemplazados por cabuya, guayos prestados de otras tallas rellenados con papel higiénico y agua transportada en pimpinas porque no alcanza para más. Aun así, nada de eso detiene las ganas de estos niños de salir adelante.

A sus 72 años, Mamá Dioselina no oculta la tristeza que siente cuando llega a las canchas y ve a otros equipos con uniformes completos y balones nuevos. Sin embargo, disimula para no afectar el ánimo de sus muchachos. “Trabajo con las uñas, pero no dejaré de hacerlo”, dice, mientras sostiene su fe como motor de todo lo que hace.
Su historia viene de mucho antes. Nacida en Charalá, desde joven mostró su vocación de servicio, incluso alfabetizando en zonas apartadas de Santander. Hoy tiene cinco hijos biológicos, pero miles más que la llaman mamá sin compartir su sangre.
Pero hubo un momento en el que la historia pareció detenerse. Una caída le fracturó la pierna y la dejó en silla de ruedas, luego con muletas, obligándola a frenar lo único que nunca había soltado: su entrega por los niños. Y fue entonces, cuando ella no podía caminar, que alguien decidió correr por ella.

EL HIJO QUE HEREDÓ EL CORAZÓN DE LA CANCHA
En ese punto, su hijo, Duván Andrés Hernández Bernal, dio un paso al frente. Exjugador en el fútbol argentino y entrenador desde los 16 años, asumió el liderazgo de la escuela mientras los niños seguían llegando a la casa preguntando por entrenar. Desde entonces, no solo enseña fútbol: también sostiene el legado de su madre, guiando a niños vulnerables lejos de la violencia y más cerca de un futuro distinto.
Hoy, más allá de los resultados deportivos, la verdadera victoria está en cada niño que se mantiene lejos de la violencia y las malas decisiones. Mamá Dioselina sueña con construir una sede más grande, con espacios para niños, madres solteras y adultos mayores. Un lugar donde la esperanza tenga estructura propia.
Porque al final, entre tantas carencias, hay algo que nunca ha faltado: el amor. Y con eso, esta historia sigue jugando su mejor partido.
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