Desde el 11 de enero cesaron las llamadas de Luis Carlos Carreño Rojas, exsoldado de Girón que viajó a Rusia bajo la promesa de ganar 12 millones mensuales. Su esposa, Lorena del Pilar Gómez Rangel, sufre hoy su desaparición, notificada por Telegram tras enterarse de que él aguantaba hambre en el frente.
El silencio en la casa del barrio Rincón de Girón no es un vacío cualquiera; es una carga pesada que aplasta el pecho cada mañana. Desde el 11 de enero de 2026, la vida de Lorena del Pilar Gómez Rangel se congeló por completo. Ese día escuchó, a través de una línea telefónica cruzada por la distancia, la voz de su esposo por última vez. Lo que vino después fue un abismo de días idénticos, una condena diaria hecha de incertidumbre, de mirar el celular con el miedo de que nunca vibre y el pánico aún mayor de lo que pueda decir un mensaje definitivo. La ausencia se instaló en las habitaciones, dejando a una madre sola frente a las preguntas de sus hijos y el eco de una decisión que pretendía ser la salvación de la familia y terminó convirtiéndose en su mayor desgracia.
Luis Carlos Carreño Rojas es un exsoldado profesional que le sirvió con honor al Ejército colombiano durante seis años. Sin embargo, el uniforme y la disciplina no bastaron para garantizarle un futuro estable en su propia tierra. Desempleado, viendo las necesidades de su hogar y el peso de un futuro incierto, creyó haber encontrado la oportunidad de su vida cuando unos intermediarios le pusieron sobre la mesa una oferta que parecía un milagro: viajar a Rusia para sumarse a las filas de la guerra en Ucrania. Le prometieron un bono de ingreso inmediato, un sueldo de 12 millones de pesos mensuales que en su vida habría podido ganar en su patria y la atractiva posibilidad de obtener la nacionalidad rusa. Con esa ilusión en la maleta y el deseo de darles un techo seguro a los suyos, Luis Carlos se despidió sin saber que estaba firmando un boleto hacia la oscuridad.
El recorrido fue un viaje largo y extraño que comenzó en las tierras de Santander, cruzó el cielo hasta Bogotá, tocó París y Estambul, hasta dejarlo finalmente en el frío Moscú. Todo estaba listo, pagado y coordinado por quienes comerciaban con la necesidad de los antiguos militares. Él pensó que era una exageración, una desconfianza de su esposa, pero al ver los vuelos impresos, se convenció de que todo saldría bien. El 23 de octubre de 2025 estampó su firma en el contrato que lo vinculaba a una fuerza extranjera. Ese día se acabó la normalidad.
La realidad en los campos de entrenamiento fue una bofetada despiadada frente a los lujos prometidos. Lo despojaron de todo rastro de su identidad: le quitaron los teléfonos celulares, le confiscaron los pasaportes y le retiraron incluso las prendas de vestir con las que había llegado. Las comunicaciones con Girón se transformaron en llamadas esporádicas y angustiosas. Al teléfono, Luis Carlos ya no hablaba del dinero ni del futuro; hablaba del miedo, del frío implacable y de unas jornadas de trabajo extenuantes que se sufrían con el estómago vacío. El hambre se convirtió en un enemigo más feroz que las balas. En los pocos minutos que lograba robarle al aislamiento, le confesaba a Lorena que pasaban días enteros aguantando una desnutrición extrema, al punto de que en muchas ocasiones lo único que tenían para meterse a la boca era agua hervida.
El calvario empeoró cuando lo enviaron a la línea de fuego, a las trincheras reales donde se disputa la zona de combate. Allí, las conversaciones se redujeron a mensajes breves, palabras entrecortadas que enviaba cada varios días solo para decir que seguía respirando. Después, el silencio se lo tragó todo. Semanas de sosiego absoluto llevaron a Lorena a la desesperación. Ante la falta de respuestas de las embajadas o de un acompañamiento institucional adecuado por parte de un Estado al que su esposo defendió por años, la mujer tuvo que buscar respuestas por sus propios medios. Aprendió a navegar en las redes del conflicto y le escribió directamente a la unidad militar extranjera a través de la aplicación Telegram. La respuesta que recibió desde el otro lado del mundo fue una línea seca y desalmada: Luis Carlos figura oficialmente como desaparecido.
Hoy, el dolor en Rincón de Girón se mezcla con la indignación. Lorena enfrenta la crianza de sus hijos con las manos vacías, sintiendo el abandono de un país que olvida pronto a quienes vistieron el uniforme. El miedo de que el cuerpo de Luis Carlos quede tirado en una fosa común, olvidado en el barro de una guerra ajena que no le pertenecía, es una tortura constante. No hay llamadas, no hay pensiones, no hay certezas; solo queda una esposa que se niega a que el nombre de su compañero sea borrado de la historia y que se resiste a aceptar que seis años de servicio en Colombia y una promesa de supervivencia en Rusia terminen reducidos a un frío estado de cuenta en una pantalla de celular.
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