Tras siete meses en Colombia, la familia Mota decide regresar a Venezuela. En su paso por Bucaramanga dejaron trabajo, sueños y heridas. “Nos trataron feo, pero también hubo ángeles en el camino”, dice Cristina, con la fe como único equipaje.
El amanecer de Bucaramanga parecía no prometer nada distinto a los anteriores: un sol tibio, el bullicio de buses y el ir y venir de personas con prisa. Pero entre esa rutina que no mira a nadie, una familia venezolana preparaba su partida. “Es llegar y proteger a mis hijos, es lo primero que tengo que hacer”, dijo Cristina Mota, con la mirada fija en un punto que solo ella podía ver. Con seis hijos —cinco de ellos a su lado— y una maleta de recuerdos, emprendía el regreso a Venezuela, dejando atrás un país que le había dado tanto esperanza como heridas.
“La experiencia que vivimos aquí se queda aquí”, repite Cristina, como si al pronunciarlo intentara cerrar una herida abierta. Su voz no es de rencor, sino de agotamiento. Habla de humillaciones, de golpes, de noches sin dormir, y de una frase que repite con fuerza: “Nos trataron feo, nos humillaron… y cosas que no deberían suceder, porque todos somos un ser humano”.
Un camino de fe y resistencia
La familia Mota llegó a Colombia buscando una pausa. Venían “a conocer, a pasar un duelo”, dice Cristina, recordando la muerte de su suegra. Pero esa pausa se transformó en tormenta. En Bucaramanga, como en tantos rincones de la geografía migrante, la promesa de un nuevo comienzo se volvió una lucha diaria. Sin documentos, sin un trabajo estable, sin protección.
Su hija mayor, Brenda Mota, de 23 años, también lleva en la voz la mezcla de juventud y cansancio que deja el exilio. “Nos pasaron muchas cosas porque estábamos recién llegando... nosotros nunca habíamos salido de nuestro país”, cuenta. Brenda trabajó en un hotel, limpiando y ordenando cuartos, pero no encontraba justicia en su esfuerzo. “Por no tener un permiso, por no tener un TPS, no le pagan a los venezolanos lo que es. A mí no me pagaban lo que era”, confiesa.
Pese a todo, su esperanza no ha muerto. Quiere volver, seguir trabajando “para darle lo mejor a mi hija”. En su tono hay una fe obstinada, la misma que se repite en las palabras de su madre cuando habla de seguir caminando “hasta que salga un ángel en el camino”.

Perseguidos lejos de casa
El padre, Ángel Luis Caldo Sopramire, recuerda con indignación lo vivido en el barrio Girardot, donde un episodio de “falso positivo” terminó con la separación de sus hijos. “Agarran a mi esposa, a mi hija y a todos mis hijos. Los llevan con supuesto de ayuda... y después los quitan”, narra con voz quebrada. Habla de golpes, de maltratos, de una hija drogada para arrebatarle a sus hermanos. “Mi esposa perdió un diente, mi hija fue maltratada... denunciamos por todos lados”, dice, todavía incrédulo ante la crueldad.
El relato se entrelaza con una reflexión que atraviesa fronteras: “Decimos que Colombia es libre, soberana, independiente, y no lo es. Porque uno no puede vivir pendiente de la policía, pendiente del bienestar, pendiente de muchas cosas”. No hay odio en sus palabras, pero sí una amarga claridad: la promesa de refugio se convirtió en vigilancia constante.
Y sin embargo, también agradece. “Le agradezco a mucha gente que nos ha ayudado. Pero lamentablemente tienen cosas que son erróneas”. Entre esas contradicciones transcurre la vida del migrante: entre el agradecimiento y la herida, entre la fe y el miedo.
Los sueños que se quedaron en Bucaramanga
Cuando les preguntan qué harán al volver, Cristina responde sin dudar: “Descansar unos días y seguir luchando. Hemos luchado.”
Ella quiere ver crecer a sus hijos, tener sus cosas propias, volver a su casa en Venezuela, reencontrarse con su madre. Son sueños sencillos, casi cotidianos, pero que se convirtieron en un lujo para quienes tuvieron que cruzar una frontera a pie, con el alma llena de fe.
Caminarán hacia Cúcuta, dicen, esperando que “un ángel salga en el camino”. Lo harán con el miedo en el cuerpo, con los pies cansados, pero con la dignidad intacta. “Uno viene con nervios, con miedo, con susto... porque las instituciones deberían ayudar, no dañar”, concluye Ángel, antes de seguir su marcha.
La historia de los Mota no es distinta a la de miles de familias que se han ido y han vuelto, que cruzan y regresan buscando una tierra donde puedan simplemente vivir sin ser perseguidos. En su travesía se quedaron muchos sueños, sí, pero también una certeza: la esperanza, aunque golpeada, sigue caminando con ellos.
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